… releyendo la carta que había
motivado su retorno, aquel francés apuró el último sorbo de café, bajo el calor
de la atestada terraza que miraba a la mezquita. Aguadores, tatuadoras y demás comediantes de aquel
gran teatro de puertas abiertas habían tomado ya sus posiciones. Las serpientes
se erguían levitando al son de las flautas marroquíes. Un musical tintineo
enlatado daba la bienvenida a Phillippe, de nuevo, a su querida y encantadora Marraquech.
Guardó la carta en el bolsillo
trasero de su pantalón. Y bajó pacientemente las escaleras que desembocaban en
las grisáceas baldosas de Jemma el Fna. Dispuesto a cruzar la plaza para llegar
hasta aquella botica de la que le hablaba su buen amigo Hassan. «Allí
encontrarás lo que andas buscando, hermano», escribía Hassan Benkiran de su
puño y letra. Largas habían sido las conversaciones que habían tenido Hassan y Phillippe
hablando de su felicidad o de la carencia de ella. Tocando aspectos profundos
que a nadie más, Phillippe, se hubiera atrevido a contar. Hassan tenía aquel
don de la empatía. Aquel cómo si ya lo
conociera de antes, que contadas veces ocurre, un lugar a la duda de si en
otra vida fueron más que amigos. Lo percibió desde el primer momento, minutos
después de haberlo conocido.
Desalentado ya por sus continuos
fracasos y consciente de su falta de motivación para continuar adelante en sus
inacabados proyectos, Phillippe, sabedor de mucho, pero especialista de nada, agarrado
al consejo de su amigo, había decidido dar ese paso para cambiar el rumbo de su
vida.
El francés se abrió paso entre el habitual
acoso de adiestradores de monos y la incansable, aunque entretenida, perseverancia
de los vendedores de zumo. «¡Aquí señor, aquí!», gritaba el más joven de ellos.
«¡A él no, a mí, que estas naranjas son mejores!», señalando el imponente montón
de fruta del puesto de al lado. Viendo que el turista no tenía la menor intención
de detenerse le saludó desde lejos con una simpática sonrisa. «¡Luego, luego!»,
le gesticuló el joven haciendo aspavientos con las manos, buscando ávidamente
alguien a quién venderle un fresco vaso de zumo. Continuó caminando hasta
introducirse de lleno en la algarabía mercantil de los zocos. Volvió a sacar la
carta de su bolsillo. La desplegó. En ella un pequeño plano le orientaba para
llegar hasta la botica de la que hablaba Hassan en su escrito. Ya conocía de
antes los zocos, pero, después de algunos años, cuatro marcas en un mapa
callejero serían, seguro, una buena ayuda.
Un cucharón removía un gran cuenco
de caracoles hervidos, al paso de Phillippe a la entrada del mercado. Poco
había cambiado aquello desde entonces, la misma picardía, el mismo desparpajo
para llevarte a su terreno. Eran grandes negociantes de eso no tenía la menor
duda. Alfombras y babuchas de dudosa piel y penetrantes olores. Lámparas de
hojalata vacías de genio, pero con el encanto de aquellas más de mil noches de
las que hablaban los cuentos.
Se detuvo en un rincón para volver a
echar un ojo al mapa.
―¡Señor, señor! ¿Dónde quiere ir?
¿Qué busca? ¡Yo le ayudo! ―un chaval de no más de veinte años se le ofreció
aprovechando aquel pequeño instante de desorientación.
―¡Oh no! Tranquilo chico, sólo me
estaba ubicando ―contestó Phillippe cortésmente.
―Yo le ayudo, de verdad, no quiero
dinero ―insistió.
Ante tal insistencia, Phillippe,
consciente de lo que aquello implicaría dijo:
―Bien… ―se tomó su tiempo― busco al
herbolario Abdul al-Fida, amigo de Hassan Benkiran ―comentó mientras indicaba
el punto exacto de la botica en el mapa.
El muchacho quedó pensativo por un
momento, con la mirada fijada en el papel.
―¡Sí señor! ―concluyó de manera
segura―. Yo lo conozco, pero está un poco lejos de aquí. ¡Sígame, por favor! ―y
comenzó a caminar por delante de Phillippe.
Con la cabeza gacha y saludando, sin
apenas detenerse, a varios mercaderes del entorno, caminaba a no más de dos
pasos de Phillippe. Giraba con disimulo, y repetidamente, la cabeza para comprobar que aquel turista francés
seguía detrás suyo y no perderlo de vista entre tanto gentío.
―¿Quiere unos dulces? ―preguntó el
muchacho a Phillippe, al ver que éste se encantaba ante un pequeño puesto de
apetitosos bollos y confituras.
El francés compró y ofreció al
muchacho alguno de aquellos dulces, presente que el chico rechazó, señalando
algún problema de muelas.
Las calles de los zocos se
estrechaban al paso de guía y turista. Mercaderes sentados a las puertas de sus
comercios tomaban infusiones con menta en bandejas de plata, acechando con sus
miradas opacas el paso de los extranjeros. Moldeaban con sus pies descalzos
listones de madera para darles apariencias multiformes. Gritaban entre sí, como
discutiendo, en otro intento más de distraer y engatusar a algún despistado
cliente. Telas desteñidas, manos tintadas, un festival de colores que ondeaban
acompañando a Phillippe por las callejuelas de aquel laberíntico mercado
marroquí.
―¡Aquí es, Abdul al-Fida! ―dijo el
muchacho, deteniéndose y señalando con el dedo un pequeño cartel con letras árabes,
que reposaba justo encima de un colmado saco de especias. Entró en el interior
de la botica y tuvo algunas palabras con el herbolario.
Al verlo salir, Phillippe, agradeció
el detalle del chaval y quiso obsequiarle con algunas monedas. Pero ante el aparente
descontento de éste, se vio obligado a ampliar la recompensa con diez dírhams más.
Con gesto contrariado, aunque resignado, por el dinero recibido, el muchacho se
quedó a pocos metros de la botica, charlando en corrillo con los tenderos más
jóvenes de los comercios cercanos.
Cuando Phillippe entró en la botica
un hombre barbudo, con turbante blanco y más de sesenta años se giró
amablemente para darle la bienvenida y se apresuró a cerrar la puerta.
―¡Buenos días amigo! O mejor dicho, bonjour mon ami. Porque es usted francés,
¿verdad? ―preguntó el anciano de manera graciosa, exagerando todavía más su
acento francés.
―¡Oh sí! ¿Cómo lo ha sabido? ―se
sorprendió Phillippe, ya que todavía no había tenido tiempo de articular
palabra.
―De la misma manera que usted sabe
que yo soy marroquí y que mi nombre es Abdul al-Fida ―contestó entre risas―.
Siéntese, siéntese, póngase cómodo Phillippe, le serviré un té.
Phillippe, aun no siendo muy amante del
especial sabor de la menta, no osó rechazarlo.
Abdul al-Fida, sacó una tetera de
detrás del mostrador ―decorado, éste, con aceites, piedras y maquillajes
bereberes― y llenó con sutileza un par de vasos.
―Así que viene usted de parte de
Hassan…
El francés afirmó con un gesto.
―¿Y qué le trae por aquí? ¿Un desengaño en el amor? ¿La pérdida de un
ser querido, quizás? ―continuó el anciano, mesándose las barbas.
―No, no, nada de esto. Simplemente
estoy descontento con mi vida y quería hacer algunos cambios. Eso es todo.
―Bien pues, le mostraré la mercancía
de la que dispongo. Le aseguro que aparte de sorprenderle, también será de su
agrado.
El anciano volvió a comprobar que la
puerta estuviera bien cerrada y se dirigió lentamente hacia unos estantes
repletos de frascos, llenos éstos de medicinas naturales y especias en tonos
rojizos y amarillentos.
―¿Cuánto me costará? ―preguntó
tímidamente Phillippe, antes de dar un pequeño sorbo a su taza de té.
―No hablemos todavía de precios, amigo.
Permanezca tranquilo, no se impaciente ―contestó riendo el herbolario.
Y comenzó a girar, uno a uno los
botes de la estantería superior. Canelas,
azafranes y jengibres daban media vuelta para descubrir en su parte trasera ocultas
etiquetas, escritas en marroquí, que Phillippe no sabía comprender.
El anciano comenzó a enumerar el
contenido de los frascos.
Decenas de tarros que conservaban momentos,
explicó Abdul al-Fida. Botes que aparentemente contenían comino almacenaban en
su interior felicidad, como rezaba un pequeño adhesivo escrito en marroquí: «instantes
alegres» de vidas desconocidas. Lo mismo sucedía con los «momentos tristes», que
en su caso también conservaba perfectamente cerrados, tras la engañosa etiqueta
de semillas de cilantro. «Mentiras y traiciones» olvidadas en un tarro de
cúrcuma o «promesas no cumplidas» bajo la tutela de un frasco de pimienta negra.
Pero sin duda el tarro que más llamó la atención de Phillippe fue el de «sihubieras», como lo llamó el anciano.
En él reposaba lo que hubiera sucedido en aquellos momentos de dudas, de si
hubiera hecho esto o aquello. Una de aquellas decisiones arriesgadas en una
situación confusa era quizás el pequeño retoque que Phillippe estaba dispuesto
a darle a su fracasada existencia.
―Verá, aquí tiene la posibilidad de
cambiar su vida, es cierto ―dijo Abdul recolocando los botes en la estantería―.
¿Pero qué recibo yo a cambio?
―¿Dinero? ―respondió el francés, prudente.
―No, a cambio de uno de estos
momentos me quedaré con alguna pequeña parte de su propia vida.
Phillippe no estaba dispuesto a dar
ni un paso atrás. Sus desdichadas vivencias distaban bastante de tener momentos
indispensables. Con lo cual, la pérdida de cualquiera de ellas no la iba a acusar
lo más mínimo, pensó.
―Bueno ―Phillippe se levantó,
dejando la taza de té sobre el mostrador
―quisiera uno de estos ―dijo señalando el tarro de «sihubieras».
―Le recuerdo amigo que el precio es
el convenido, un instante de su vida ―recalcó Abdul, de manera firme― tan sólo
uno.
―Lo sé. Y no me acobarda, es tan
sólo un instante, ¿qué puede pasar? Tengo la sensación de que cualquiera de las
valientes y, quizás, poco meditadas decisiones que contiene ese tarro puede
darme lo que he andado buscando.
―Disculpe, no era mi intención inquietarle,
simplemente debo ponerle en previo aviso. Tenga en cuenta que en ningún caso
podrá volver aquí para reclamar ―matizó el anciano.
―Estoy seguro, de verdad.
Abdul asintió con la cabeza, volvió
a coger el frasco de «sihubieras» e
introdujo su mano en el interior, sacando un pequeño puñado de semillas de
anís, y se lo ofreció a Phillippe rellenándole, a su vez, la taza de té. Éste
se llenó la boca de pepitas, las tragó e inmediatamente bebió un poco de aquella,
todavía caliente, infusión de té con menta.
En aquel mismo instante Abdul
al-Fida ya había destapado el frasco de las semillas de cilantro.
***
Releyendo la carta que había
motivado su retorno, aquel francés apuró el último sorbo de café, bajo el calor
de la atestada terraza que miraba a la rambla. Bailarines, dibujantes y demás comediantes de aquel gran
teatro de puertas abiertas habían tomado ya sus posiciones. Las estatuas se
erguían levitando al son de un público desigual. Un tráfico dominado por el
amarillo y el negro de los taxis metropolitanos daba la bienvenida a Phillippe,
de nuevo, a su querida y encantadora Barcelona.
Mientras, en otra parte del mundo, alguien jamás conocido por Phillippe enroscaba con premura un tarro de momentos tristes que recibía, tras una falsa etiqueta, a otro momento cualquiera.