lunes, 22 de abril de 2013

"To be continued" Dos años relatando...

A finales de abril del 2011, después de un largo tiempo plasmando ideas e historias sobre papel, no pude resistir la tentación de crear un blog de relatos. En su inicio, este humilde blog, solamente contenía una habitación vacía, un viejo sofá y apenas un par de cuadros que esperaban en silencio ese primer cuento que llegaría a principios del mes de mayo.

Han pasado ya dos años. Muchos han sido los relatos que hasta hoy han dado forma a las páginas de "To be continued...". Nico, Bernard, Julien, Damián, Júlia, Marta, Caroline o Bruno, se han convertido ya en parte de mi día a día. Historias de vagabundos, ejecutivos, ancianos, niños, amores o desamores donde sus protagonistas han intentado colarse, aunque sea por unos instantes, en vuestras ajetreadas vidas.

Por todo esto y coincidiendo con la celebración del Día del Libro, o Sant Jordi en tierras catalanas, quería tener un detalle con todos los lectores que os animéis a participar, regalando un ejemplar (firmado y dedicado, por supuesto) de la antología de relatos "Cuentamínate" donde hace unos meses tuve el placer de colaborar con la historia de amor de "Bernard et Julien".


Participar es muy sencillo, tan sólo tenéis que ser seguidores del blog "To be continued..." y también de su página de Facebook (si tenéis cuenta en esta red social, claro), dejando un comentario debajo de esta entrada, con vuestro email y una breve explicación indicando cual es vuestro personaje favorito de entre todos los cuentos del blog y los motivos por los cuales os habéis decantado por él (o ella).

Tenéis de tiempo hasta el día 30 de abril del 2013, fecha en la que a través de la web Sortea2 se elegirá al ganador.

Espero que seáis muchos los que os animéis a participar. Mil gracias a todos por estar ahí y suerte. 


NOTA: Habiendo realizado el sorteo el día 30/04/2013 a las 22 horas, la ganadora de la Antología de Relatos "Cuentamínate" ha sido Elena López de Madrid. Gracias a todos los que habéis participado, por prestaros a este juego y por el  ingenio de vuestros comentarios. Un fuerte abrazo a todos. 

lunes, 18 de marzo de 2013

El Guerrero

«La vida es una batalla. Para combatir se necesita fuerza y la fuerza es la virtud. Y ésta sólo se sostiene con el cultivo espiritual.»

ANTONI GAUDÍ



... a principios de siglo XX, cuando paraba yo en uno de los senderos pedregosos de esta nevada colina, se me acercó un buen hombre que venía de la ciudad. Caminaba con paso ligero y vestía, aunque de manera descuidada, con traje y corbata. No aparentaba más de sesenta años, a pesar de la frondosidad de las canas de su barba y su aspecto desaseado. Lo vi aparecer de entre el resplandor de una de las grandes rocas blancas que se elevan, cual tornado, sobre la arena de esta cima. Cuando llegó a estar a tan sólo unos metros de mí, levantó la mirada y con voz firme me dijo:

―Si te haces llamar Guerrero, ¿por qué nunca te he visto pelear?

Reflexioné un instante, sin poder ocultar mi extrañeza, y le dije:

―No poseo espada ni escudo ―echando un vistazo a la indefensión que mostraba mi cuerpo.
―Pero tienes un fuerte torso y un yelmo que te protege ―contestó rápidamente.

Aquello, y la seguridad que mostró con su respuesta, hizo sembrar mi duda.

―No sé, quizás no sea lo suficientemente fuerte como para luchar solo.
Me miró fijamente, observando a mi alrededor y replicó:
―Tienes un batallón de más de veinte hombres, ¿tampoco ellos pueden pelear?

A través del casco eché un vistazo a mis soldados. Eran tipos enormes, de gran envergadura, sin armas, pero de cuellos anchos y cuerpos fuertes como robles. Aun así, me quedé sin palabras, ya que nunca los había visto luchar. En los años venideros no tuve noticias de aquel hombre desaliñado, que se marchó entre las dunas, dejándome sumido en mis pensamientos.

Desde aquel momento no he dejado de cavilar en aquella conversación, breve, pero lo suficientemente profunda como para ponerme en una encrucijada de dudas que todavía no he llegado a resolver. No negaré que empezaba a sentir cierta incertidumbre sobre la existencia o no de mi supuesta valentía, y que tal cosa me impedía descansar. Comencé a velar, noche tras noche, buscando una respuesta, cuando las luces de una adormilada ciudad alumbraban, tenuemente, los arbustos y las piedras de esta calcárea colina. Desde allí abajo, en calles o avenidas, menestrales y burgueses, indiscretos testigos de mi malestar, podían contemplar como mi silueta, encaramada a lo más alto de este rocoso cerro, buscaba inamovible esa respuesta al dilema que me atormentaba.

Una de aquellas largas noches decidí convocar a todos mis hombres. Formaban con firmeza ante mí, ocupando las partes altas y bajas de todos los caminos, en pequeños grupos, en binomios e incluso alguno más cauteloso, en solitario. Y ante el silencio de este mar de barjanes les pregunté, sin más demora, si sabían pelear. Hubo murmullos bajo sus yelmos picudos, pero nadie se prestaba a contestar, hasta que, finalmente, uno de ellos se pronunció:

―¿Por qué debemos saber pelear, capitán? ―preguntó de manera inocente.
―¡Porque somos guerreros! ―respondí sin más explicaciones.
El soldado, confuso, quedó pensativo y habló:
―Y si supiéramos luchar, ¿a quién declararíamos la guerra? En esta cima solamente vivimos nosotros y la ciudad que nos alumbra dista mucho de ser nuestra enemiga.

Noté la desgana de aquel corpulento soldado que, aunque contrariado, no le faltaba razón. No podíamos luchar entre nosotros, ya que formábamos parte del mismo bando. Y los ciudadanos que vivían a nuestros pies eran aquellos a los que rendíamos pleitesía.

Si bien es cierto que éramos los únicos habitantes de este lugar, no siempre estábamos solos, ya que algunas veces, generalmente en días soleados, paseaba por esta loma un matrimonio de burgueses. Bordeaban con cautela los dos profundos despeñaderos que centran esta colina, y caminaban ante mis soldados y ante mí con total atrevimiento. Aparte de ellos, esta cima también iría recibiendo otras indiscretas visitas, aunque de manera muy esporádica. Pasé largos años observando a estas personas, sin encontrar con quién pelear. Allí abajo, en la ciudad, todo se movía más rápidamente. Las calles se ensanchaban y la población crecía. Adinerados con traje y sombrero, no ajenos a mi presencia, se apeaban de sus carruajes, y acompañando a sus esposas abrían sus paraguas ante el relinchar sumiso de los caballos. Muchos miraban hacia arriba, señalaban hacia mi posición de manera descarada y reían en tono burlón. Sin duda comenzaban a notar mi falta de coraje.

Un día oscuro y lluvioso, poco después del amanecer, divisé la figura curva y delgada de un anciano, que subía, de manera silenciosa, por los caminos ondulados de la ladera y se acercaba lentamente hacia mí, apoyando su bastón entre los charcos. Lo reconocí, aunque su apariencia, cual indigente, estaba muy desmejorada. Habían pasado más de quince años desde que lo viera por última vez. Apenas se tenía en pie, su barba se mostraba totalmente blanca y la locura se había apoderado de su mirada.

Se detuvo ante mí, con un abrigo negro que le llegaba hasta los pies y que el agua había calado por completo. Y me dijo con voz trémula:

―¿Todavía no has peleado, Guerrero? ―sus palabras desprendían sarcasmo.
―No ―respondí. ―He pensado mucho en estos años, pero no encuentro con quién luchar ―maticé y permanecí expectante.

El anciano entornó los ojos y apuntando con su bastón en dirección al mar me señaló, apenas a unos cientos de metros, el montón de rocas cristalinas que brillaban sobre la cima de una colina cercana.

―¡Observa, Guerrero! Aquello que allí reposa de manera tranquila junto a la cruz blanca, ¿no es sino la figura de un Gran Dragón, que mira acechante a tu pueblo?

Agudicé mi vista y divisé aquella figura de la que me hablaba el anciano.

―¡Estás en lo cierto anciano! ―respondí sorprendido. ―¡Parecen rocas de cristal pero aquellas son sin duda las escamas verdes y azuladas de un Gran Dragón!
―¿Pues a qué esperas para luchar?

Quedé absorto ante el profundo respirar de aquel temible dragón y la belleza del resplandor de su cresta, mientras la silueta de aquel anciano volvía a perderse entre la lluvia y la sinuosidad de los caminos.

Pasaron los años y aquel Dragón no enfurecía. Tenía un aspecto apacible y siempre dormía. El rugir de sus ronquidos, ignorante de nuestra presencia, llegaba a todos los oídos de la ciudad, que continuaba creciendo de manera progresiva. El pueblo parecía respetarlo, e incluso admirarlo. Y confiaba en que quizás, ante un posible enemigo, pudiera ser un buen guardián. Finalmente, viendo la quietud de aquella bestia, una de aquellas noches, cansado ya de pasarlas en vela, decidí convocar nuevamente a mis apáticos soldados y comunicarles que cesábamos en nuestro empeño de declarar guerra alguna. Se alegraron con mis palabras, entendí que, en el fondo, ninguno de ellos quería pelear. Y así hemos continuado hasta hoy. Ha habido guerras y revoluciones, no diré que no, pero, al igual que aquel Dragón, nos hemos mantenido inmóviles respetando mi determinación.

Ha pasado más de un siglo. Los carruajes han dado paso a grandes coches. El ruido del tráfico ensordece noche y día. Mujeres y hombres pasean con gracia por las anchas aceras. La ciudad se ha hecho grande y su gente, que hace ya tiempo que camina entre los matojos y las rocas nevadas de esta imponente colina, nos señala, ahora, con admiración y ya sube por este lugar. Ciudadanos y forasteros se acercan a nosotros, fotografían el momento y hablan con los chiquillos. Les explican historias, historias de familias burguesas, familias adineradas que habitaban bajo extrañas chimeneas de piedra y mágicas azoteas de cuento. Miran hacia el mar e intentan ver al Dragón, que continúa calmado. Y hablan de un tipo de barba blanquecina, un tanto excéntrico y de aspecto descuidado. Antoni Gaudí, se llamaba. Dicen de él que, pocos años antes que yo, fue el cabecilla de esta pedregosa cima donde mi batallón todavía reside. Es por ello que debemos presentarle nuestro respeto. Y hoy, como ayer, formo a mis soldados, erguimos la cabeza en alto para mirar hacia al cielo y preguntar con tormento, aun sin espada ni escudo: si somos o no guerreros.

viernes, 15 de febrero de 2013

El herbolario Abdul al-Fida



… releyendo la carta que había motivado su retorno, aquel francés apuró el último sorbo de café, bajo el calor de la atestada terraza que miraba a la mezquita. Aguadores, tatuadoras y demás comediantes de aquel gran teatro de puertas abiertas habían tomado ya sus posiciones. Las serpientes se erguían levitando al son de las flautas marroquíes. Un musical tintineo enlatado daba la bienvenida a Phillippe, de nuevo, a su querida y encantadora Marraquech.

Guardó la carta en el bolsillo trasero de su pantalón. Y bajó pacientemente las escaleras que desembocaban en las grisáceas baldosas de Jemma el Fna. Dispuesto a cruzar la plaza para llegar hasta aquella botica de la que le hablaba su buen amigo Hassan. «Allí encontrarás lo que andas buscando, hermano», escribía Hassan Benkiran de su puño y letra. Largas habían sido las conversaciones que habían tenido Hassan y Phillippe hablando de su felicidad o de la carencia de ella. Tocando aspectos profundos que a nadie más, Phillippe, se hubiera atrevido a contar. Hassan tenía aquel don de la empatía. Aquel cómo si ya lo conociera de antes, que contadas veces ocurre, un lugar a la duda de si en otra vida fueron más que amigos. Lo percibió desde el primer momento, minutos después de haberlo conocido.

Desalentado ya por sus continuos fracasos y consciente de su falta de motivación para continuar adelante en sus inacabados proyectos, Phillippe, sabedor de mucho, pero especialista de nada, agarrado al consejo de su amigo, había decidido dar ese paso para cambiar el rumbo de su vida.

El francés se abrió paso entre el habitual acoso de adiestradores de monos y la incansable, aunque entretenida, perseverancia de los vendedores de zumo. «¡Aquí señor, aquí!», gritaba el más joven de ellos. «¡A él no, a mí, que estas naranjas son mejores!», señalando el imponente montón de fruta del puesto de al lado. Viendo que el turista no tenía la menor intención de detenerse le saludó desde lejos con una simpática sonrisa. «¡Luego, luego!», le gesticuló el joven haciendo aspavientos con las manos, buscando ávidamente alguien a quién venderle un fresco vaso de zumo. Continuó caminando hasta introducirse de lleno en la algarabía mercantil de los zocos. Volvió a sacar la carta de su bolsillo. La desplegó. En ella un pequeño plano le orientaba para llegar hasta la botica de la que hablaba Hassan en su escrito. Ya conocía de antes los zocos, pero, después de algunos años, cuatro marcas en un mapa callejero serían, seguro, una buena ayuda.

Un cucharón removía un gran cuenco de caracoles hervidos, al paso de Phillippe a la entrada del mercado. Poco había cambiado aquello desde entonces, la misma picardía, el mismo desparpajo para llevarte a su terreno. Eran grandes negociantes de eso no tenía la menor duda. Alfombras y babuchas de dudosa piel y penetrantes olores. Lámparas de hojalata vacías de genio, pero con el encanto de aquellas más de mil noches de las que hablaban los cuentos.

Se detuvo en un rincón para volver a echar un ojo al mapa.

―¡Señor, señor! ¿Dónde quiere ir? ¿Qué busca? ¡Yo le ayudo! ―un chaval de no más de veinte años se le ofreció aprovechando aquel pequeño instante de desorientación.
―¡Oh no! Tranquilo chico, sólo me estaba ubicando ―contestó Phillippe cortésmente.
―Yo le ayudo, de verdad, no quiero dinero ―insistió.

Ante tal insistencia, Phillippe, consciente de lo que aquello implicaría dijo:

―Bien… ―se tomó su tiempo― busco al herbolario Abdul al-Fida, amigo de Hassan Benkiran ―comentó mientras indicaba el punto exacto de la botica en el mapa.

El muchacho quedó pensativo por un momento, con la mirada fijada en el papel.

―¡Sí señor! ―concluyó de manera segura―. Yo lo conozco, pero está un poco lejos de aquí. ¡Sígame, por favor! ―y comenzó a caminar por delante de Phillippe.

Con la cabeza gacha y saludando, sin apenas detenerse, a varios mercaderes del entorno, caminaba a no más de dos pasos de Phillippe. Giraba con disimulo, y repetidamente,  la cabeza para comprobar que aquel turista francés seguía detrás suyo y no perderlo de vista entre tanto gentío.

―¿Quiere unos dulces? ―preguntó el muchacho a Phillippe, al ver que éste se encantaba ante un pequeño puesto de apetitosos bollos y confituras.

El francés compró y ofreció al muchacho alguno de aquellos dulces, presente que el chico rechazó, señalando algún problema de muelas.

Las calles de los zocos se estrechaban al paso de guía y turista. Mercaderes sentados a las puertas de sus comercios tomaban infusiones con menta en bandejas de plata, acechando con sus miradas opacas el paso de los extranjeros. Moldeaban con sus pies descalzos listones de madera para darles apariencias multiformes. Gritaban entre sí, como discutiendo, en otro intento más de distraer y engatusar a algún despistado cliente. Telas desteñidas, manos tintadas, un festival de colores que ondeaban acompañando a Phillippe por las callejuelas de aquel laberíntico mercado marroquí.

―¡Aquí es, Abdul al-Fida! ―dijo el muchacho, deteniéndose y señalando con el dedo un pequeño cartel con letras árabes, que reposaba justo encima de un colmado saco de especias. Entró en el interior de la botica y tuvo algunas palabras con el herbolario.

Al verlo salir, Phillippe, agradeció el detalle del chaval y quiso obsequiarle con algunas monedas. Pero ante el aparente descontento de éste, se vio obligado a ampliar la recompensa con diez dírhams más. Con gesto contrariado, aunque resignado, por el dinero recibido, el muchacho se quedó a pocos metros de la botica, charlando en corrillo con los tenderos más jóvenes de los comercios cercanos.

Cuando Phillippe entró en la botica un hombre barbudo, con turbante blanco y más de sesenta años se giró amablemente para darle la bienvenida y se apresuró a cerrar la puerta.

―¡Buenos días amigo! O mejor dicho, bonjour mon ami. Porque es usted francés, ¿verdad? ―preguntó el anciano de manera graciosa, exagerando todavía más su acento francés.
―¡Oh sí! ¿Cómo lo ha sabido? ―se sorprendió Phillippe, ya que todavía no había tenido tiempo de articular palabra.
―De la misma manera que usted sabe que yo soy marroquí y que mi nombre es Abdul al-Fida ―contestó entre risas―. Siéntese, siéntese, póngase cómodo Phillippe, le serviré un té.

Phillippe, aun no siendo muy amante del especial sabor de la menta, no osó rechazarlo.

Abdul al-Fida, sacó una tetera de detrás del mostrador ―decorado, éste, con aceites, piedras y maquillajes bereberes― y llenó con sutileza un par de vasos.
―Así que viene usted de parte de Hassan…

El francés afirmó con un gesto.

―¿Y qué le trae por aquí?  ¿Un desengaño en el amor? ¿La pérdida de un ser querido, quizás? ―continuó el anciano, mesándose las barbas.
―No, no, nada de esto. Simplemente estoy descontento con mi vida y quería hacer algunos cambios. Eso es todo.
―Bien pues, le mostraré la mercancía de la que dispongo. Le aseguro que aparte de sorprenderle, también será de su agrado.

El anciano volvió a comprobar que la puerta estuviera bien cerrada y se dirigió lentamente hacia unos estantes repletos de frascos, llenos éstos de medicinas naturales y especias en tonos rojizos y amarillentos.

―¿Cuánto me costará? ―preguntó tímidamente Phillippe, antes de dar un pequeño sorbo a su taza de té.
―No hablemos todavía de precios, amigo. Permanezca tranquilo, no se impaciente ―contestó riendo el herbolario.

Y comenzó a girar, uno a uno los botes de la estantería superior.  Canelas, azafranes y jengibres daban media vuelta para descubrir en su parte trasera ocultas etiquetas, escritas en marroquí, que Phillippe no sabía comprender.

El anciano comenzó a enumerar el contenido de los frascos.

Decenas de tarros que conservaban momentos, explicó Abdul al-Fida. Botes que aparentemente contenían comino almacenaban en su interior felicidad, como rezaba un pequeño adhesivo escrito en marroquí: «instantes alegres» de vidas desconocidas. Lo mismo sucedía con los «momentos tristes», que en su caso también conservaba perfectamente cerrados, tras la engañosa etiqueta de semillas de cilantro. «Mentiras y traiciones» olvidadas en un tarro de cúrcuma o «promesas no cumplidas» bajo la tutela de un frasco de pimienta negra. Pero sin duda el tarro que más llamó la atención de Phillippe fue el de «sihubieras», como lo llamó el anciano. En él reposaba lo que hubiera sucedido en aquellos momentos de dudas, de si hubiera hecho esto o aquello. Una de aquellas decisiones arriesgadas en una situación confusa era quizás el pequeño retoque que Phillippe estaba dispuesto a darle a su fracasada existencia.

―Verá, aquí tiene la posibilidad de cambiar su vida, es cierto ―dijo Abdul recolocando los botes en la estantería―. ¿Pero qué recibo yo a cambio?
―¿Dinero? ―respondió el francés, prudente.
―No, a cambio de uno de estos momentos me quedaré con alguna pequeña parte de su propia vida.

Phillippe no estaba dispuesto a dar ni un paso atrás. Sus desdichadas vivencias distaban bastante de tener momentos indispensables. Con lo cual, la pérdida de cualquiera de ellas no la iba a acusar lo más mínimo, pensó.

―Bueno ―Phillippe se levantó, dejando la taza de té sobre el mostrador  ―quisiera uno de estos ―dijo señalando el tarro de «sihubieras».
―Le recuerdo amigo que el precio es el convenido, un instante de su vida ―recalcó Abdul, de manera firme― tan sólo uno.
―Lo sé. Y no me acobarda, es tan sólo un instante, ¿qué puede pasar? Tengo la sensación de que cualquiera de las valientes y, quizás, poco meditadas decisiones que contiene ese tarro puede darme lo que he andado buscando.
―Disculpe, no era mi intención inquietarle, simplemente debo ponerle en previo aviso. Tenga en cuenta que en ningún caso podrá volver aquí para reclamar ―matizó el anciano.
―Estoy seguro, de verdad.

Abdul asintió con la cabeza, volvió a coger el frasco de «sihubieras» e introdujo su mano en el interior, sacando un pequeño puñado de semillas de anís, y se lo ofreció a Phillippe rellenándole, a su vez, la taza de té. Éste se llenó la boca de pepitas, las tragó e inmediatamente bebió un poco de aquella, todavía caliente, infusión de té con menta.

En aquel mismo instante Abdul al-Fida ya había destapado el frasco de las semillas de cilantro.

***

Releyendo la carta que había motivado su retorno, aquel francés apuró el último sorbo de café, bajo el calor de la atestada terraza que miraba a la rambla. Bailarines, dibujantes y demás comediantes de aquel gran teatro de puertas abiertas habían tomado ya sus posiciones. Las estatuas se erguían levitando al son de un público desigual. Un tráfico dominado por el amarillo y el negro de los taxis metropolitanos daba la bienvenida a Phillippe, de nuevo, a su querida y encantadora Barcelona.

Mientras, en otra parte del mundo, alguien jamás conocido por Phillippe enroscaba con premura un tarro de momentos tristes que recibía, tras una falsa etiqueta, a otro momento cualquiera.




jueves, 17 de enero de 2013

El señor Damián



... después de la muerte de mi padre, el señor Damián era lo único que me ataba a aquella residencia de ancianos. Lo conocí un buen día, mientras llegábamos del paseo lento y rutinario de los miércoles por la tarde. Se cruzó con nosotros en el pasillo ―mostrando una gran vitalidad a pesar de sus ochenta años― y me dijo: «Lo mejor de ser un viejo es poder ver cumplido el sueño de salir con zapatillas a la calle» y acto seguido me echó una mano empujando la silla en la que llevaba a mi padre. Mientras subíamos por la rampa eché un discreto vistazo a sus pies. Lucía unas zapatillas azul marino de andar por casa con el bordado de un ancla. No pude evitar reírme. Quizás fue una manera un tanto absurda de entrar en nuestras vidas, pero, si ese era su propósito lo había conseguido con creces.

El señor Damián no vivía en la residencia, cosa que me sorprendió, puesto que todas las tardes lo veía pasear con total soltura por el salón, el comedor, la sala de televisión e incluso algunos días haciendo uso de la capilla. Me comentó en una de las primeras conversaciones que tuvimos, que vivía a un par de manzanas de allí, pero desde que enviudó, hacía ya unos diez años, tomó la decisión de pasar las tardes en aquella residencia, ayudando a otros «viejos» ―como a él le gustaba llamarlos― que estaban más «cascados» que él ― decía en tono entrañablemente burlón. Durante más de año y medio estuve coincidiendo con él, tarde tras tarde. Si lo encontrábamos charlando o jugando al dómino con otros ancianos, la mayor parte de las veces, venía a rompernos el silencio alegremente con sus chascarrillos y sus ingeniosas ocurrencias. Se convirtió con el paso de los meses en, prácticamente, la única persona que era capaz de hacer reír a mi padre. Mis hijos ya apenas querían ver a su abuelo, y venían una vez al mes y de manera forzada. «Es que el abuelo no habla, siempre duerme…», decía el pequeño. Y, en parte, tenía razón; mi padre había entrado en una situación de monotonía inerte, que sólo se veía alterada por la presencia del señor Damián, que con sus bromas de «viejos» era el único que conseguía sacarle alguna pequeña sonrisa.

Al morir mi padre, en ningún momento me planteé volver a aquella residencia con otra intención que la de recoger la ropa y los pocos objetos que de él guardaban en recepción. Pero una vez allí, mientras husmeaba dentro de la bolsa, para seleccionar lo que guardaría y lo que muy a mi pesar haría desaparecer, reparé en la silueta que reposaba de pie cercana a los ventanales. Aquel anciano adorable, con pantalón de pinzas y jersey de pico, observaba en zapatillas como unos chavales alborotados jugaban al fútbol.

Cerré la bolsa y, de manera pausada, me acerqué.

―¿Qué tal vamos, señor Damián?
―Estos chiquillos no saben jugar al balón ―me contestó sin apenas mirarme y las manos metidas en los bolsillos.

Así empezaban casi todas sus conversaciones, como si lleváramos ya un buen rato hablando. Ni «buenos días» ni «buenas tardes», el señor Damián continuaba una conversación con lo primero que le pasaba por la cabeza, independientemente de lo que tú le hubieras preguntado. Y en esta ocasión me habló de fútbol.

Cuando llevábamos casi una hora charlando de delanteros centro y de partidos memorables de la época franquista, de los cuales yo desconocía la mitad, me percaté de que su reloj estaba atrasado.

―Tiene usted mal la hora señor Damián ―le dije con tono suave aunque cortando la conversación.
―No puede ser, si la he regulado esta mañana ―contestó extrañado, haciendo un gesto como si girara la ruedecilla de su reloj―. Entonces, ¿qué hora es?

Lo vi tan vulnerable que yo mismo le cambié la hora.

―Son las seis, ¿quiere que le invite a un chocolate? ―temí por su respuesta. Era un tipo adorable, pero imprevisible.
―¿Un chocolate? ―se le iluminó la cara―. Hace mucho tiempo que no tomo un chocolate… años, diría yo.

No dijo ni que sí, ni que no. Lo cual no debía de sorprenderme. Se limitó a coger la chaquetilla que había en una butaca cercana y caminó rumbo hacia la calle despidiéndose con la mano de los ancianos que allí quedaban. Era un tipo peculiar, de veras.

Salimos de la residencia, yo con las pocas cosas que pensaba conservar de mi difunto padre y el señor Damián con una sonrisa de oreja a oreja y las manos guardadas en sus bolsillos. Andamos por Mallorca, hacia la Sagrada Familia. No muy lejos había una cafetería donde con toda seguridad harían un buen chocolate. Nos sentamos en la terraza, con vistas a la plaza. No más de seis mesas hacían de aquel lugar un rincón plácido. Pedí un chocolate para el señor Damián y para mí un café sólo. Y nos mantuvimos unos minutos en silencio, degustando el contenido de nuestras tazas.

Habiendo pasado poco rato, cruzó una pareja de turistas por delante nuestro. Él, que la agarraba por la cintura, un tipo bajito, feo, realmente feo, y un tanto desaliñado. Ella, dejándose sobar, una chica alta, sumamente guapa y vestida con un gusto exquisito. Ambos miraban hacia la fachada de basílica y comentaban sus impresiones entre sí, ignorando por completo nuestra presencia.

―¿Sabes dónde está el truco? ―dijo de pronto.

Vacilé por un momento.

―Perdone señor Damián, pero no lo entiendo ―me supo mal cortarle, pero no sabía a qué se refería.
―¡El truco! ―contestó un poco alterado señalando con la mirada a aquella pareja que se alejaba cuesta arriba ―Que un hombre tan feo tenga como mujer a ese monumento tiene que tener algún truco, ¿no es cierto?― aclaró ahora ya más relajado.
―Pues no tengo ni idea, la verdad ―sentía curiosidad por saber adónde nos iba a llevar aquella conversación.

El señor Damián pensó un instante, y con el talante con que lo haría un maestro con su discípulo, habló:

―La mayor parte de las veces no somos como nos ven, sino como nos vemos. ¿Me explico? Es posible que aquel hombre de nariz grande y pelos de pincho ―continuó, esbozando media risa― se crea un guaperas. Y que ella, por el contrario, con su larga melena rubia y sus curvas de infarto, cuando se ve reflejada en su espejo no observa  lo mismo que tú y yo acabamos de ver. Vaya, que la pareja que has visto pasar no es lo que tú crees sino lo que ellos creen. ¿Me entiendes?

La verdad, no entendí nada. Pero le dije que sí.

―¿Qué edad tienes, hijo?
―Cuarenta y cinco ―contesté.
―¿Con cuantas mujeres has estado?

La conversación se me empezaba a ir de las manos.

―No sé… ―resoplé entre risas― cinco, quizá seis.
―Me refiero a con cuantas mujeres te has besado. A mis más de ochenta años te puedo decir que he hecho el amor con más de veinte mujeres, pero lo que más echo de menos es besarlas. Mirarlas fijamente, hacerles bajar la guardia y atacar con un beso. Cuando era joven tenía una mirada matadora. ―No pude evitar reírme― ¡No te rías no, que es verdad! Las miraba y hacía que leyeran mis pensamientos con tan sólo mirarme los ojos. Siempre funcionaba.

Continuamos conversando, de manera agradable y simpática, sobre amoríos y ligues de los años cuarenta durante más de una hora.

―Todavía recuerdo mi primer beso ―me dijo. Yo intentaba imaginarlo en su etapa adolescente, según me iba hablando―. Fue con la Enriqueta, la hija del panadero. Es una vecina del barrio. Vive cerca de aquí, en una de aquellas casitas que hay en el doscientos noventa y tres de Castillejos, tocando Rosellón. Nos vemos bastante a menudo. A día de hoy no hay semana que no pase a visitarla.

Aquello estaba muy cerca de la residencia. Pensé en la suerte, o quizás el destino, que los había vuelto a colocar al uno al lado del otro.

―Cómo pasan los años… ―se lamentó el señor Damián.

Cuando miré la hora eran ya cerca de las ocho, y a las ocho y media les servían la cena.

―Deberíamos ir tirando señor Damián ―le dije mientras me levantaba de la silla.

Ya empezaba a oscurecer cuando recorrimos de nuevo la calle Mallorca y pude despedirme del aquel anciano entrañable a las puertas de la residencia. No hubo apretón de manos, como era de esperar. Tan sólo un «¡Quizás vuelva mañana!», que salió de mis labios y un gesto con la cabeza, y manos en los bolsillos, por parte del señor Damián, a modo de despedida.

Ya solo, continué Castillejos arriba. No tenía por qué hacerlo, puesto que mi casa estaba hacia el otro lado, pero lo hice. Conforme me iba acercando a aquel número doscientos noventa y tres pensaba en aquel muchacho Damián, aquel seductor que hechizaba con la mirada, y lo imaginé con su verborrea, piropeando a Enriqueta bajo el balcón, en busca de ese ansiado beso. No era muy distinto al de ahora, salvo que un tanto más esbelto y que todavía no calzaba aquellas cómodas y azules zapatillas de andar por casa. Cuando estuve delante me detuve y levanté la mirada. Me gustaría deciros que encontré a la señora Enriqueta, con su bata de rayas, regando las plantas o charlando con las vecinas asomada a ese balcón, pero no fue así. Lo que mis ojos vieron fue la nostalgia de un edificio en ruinas, la resignación de un par de puertas y ventanas, tapiadas, y la tenacidad de una vida que resiste, entre recuerdos, para no ser demolida por la memoria.

viernes, 28 de diciembre de 2012

'Cuentamínate' ya está en las librerías

Portada del libro "Cuentamínate"

El pasado 18 de diciembre (como ya informé en la página "to be continued..." de Facebook), tuvo lugar la presentación, en la Sala Àmbit Cultural de El Corte Inglés de Portal de l' Àngel (Barcelona), la presentación de la Antología de relatos 'Cuentamínate'. Fue todo un éxito de convocatoria y un honor para mi poder charlar con lectores y escritores. 

Como cada año, la Editorial Hijos del Hule con la colaboración de los alumnos de Aula de Escritores han publicado esta obra. Son 77 los relatos que nos "cuentaminan" entre sus más de 250 páginas y debido a su variedad de estilos literarios han sido separadas, de manera muy creativa, según tipos de sustancias contaminantes. Todo un placer para mí, poder hojear entre las sustancias Volátiles la historia de Bernard et Julien (que algunos ya conocéis). 


Abrazos y feliz 2013...

viernes, 30 de noviembre de 2012

Ya a la venta el libro #Relato Breve 2 de Fundación Imprimátur

Portada del libro #Relato Breve 2


Queridos lectores, es un placer para mí informaros que el proyecto que hace unos meses puso en marcha la Fundación Imprimátur ya es una realidad. Fueron 240 los autores que participaron con sus relatos, 15 los paises que se unieron en este certamen literario y 30 los escritores que el público de Facebook eligió como ganadores. Mi relato "Caroline", que algunos de vosotros ya conocéis, quedó finalmente entre los cinco primeros. Dicen que en la variedad está el gusto y en cuestión de relatos esta recopilación está bien servida. Amor, desamor, intriga, humor... encontraréis un poco de todo. Si a alguien le apetece tenerlo en sus manos y pasar un rato agradable de lectura, os diré que son 258 páginas y que está a un precio bastante asequible. Aquí os dejo el enlace donde lo podéis adquirir: http://bit.ly/ToEFhN

Enhorabuena a todos los que lo han hecho posible y gracias por fomentar la creatividad, la imaginación, los sueños: La literatura.

Un saludo a todos...


jueves, 8 de noviembre de 2012

El amante



... celos.

Eso es lo que yo siento en este momento. Noto mi corazón excitado y la mente perturbada. Una mezcla de envidia, indignación y rabia, al ver que aquel tipo, por lo que mis ojos observan, ha vuelto a desayunar con ella. El par de tazas que he descubierto en el fregadero no dan lugar a dudas. No puede ser de otra manera. Y por ello, siento celos.

Como de costumbre, me ha recibido en pijama. Espero a que ella hable. Mientras, permanezco con el semblante serio, apoyado en el marco que da entrada a la cocina.

―Has llegado hoy más temprano, ¿verdad cariño? ―me pregunta Ruth aclarando hábilmente las dos tazas de café que todavía reposan en el fregadero.

Sus párpados todavía se muestran hinchados. Sé que no me esperaba a esta hora. La noto nerviosa. Es evidente que quiere ocultarme las pruebas, desviar mi atención.

―Te he mandado un mensaje al móvil ―contesto con tono seco―. Creí que lo habrías leído. Todavía nos deben en la fábrica algunas horas del mes pasado.
―Olvidé el teléfono en el despacho ―responde restando importancia al asunto.

Estoy tentado de preguntar: «¿Has dormido sola?». Pero no tengo agallas. Prefiero callar para no echarlo todo al traste. No es la primera vez que esto sucede. Las cosas están claras, ya hace tiempo que lo están. No hay trato ni nunca lo ha habido. Esta es la vida que ella ha elegido, y que yo acepté. Me lo dejó claro desde el primer momento.

Joy viene a recibirme. Lo acaricio justo por debajo de la oreja. Sé que le gusta. Me olisquea, le doy una palmadita en el lomo y corre torpemente a estirarse a los pies de ella, refregándose entre sus zapatillas y los bajos del pantalón.

 ―¡Eso, vete con mami! ―exclamo de manera desenfadada. Provocando la risa de Ruth y haciendo que el caniche, tendido en el suelo, levante sus pequeñas orejas.

Ella, creyendo que ha conseguido despistarme me ofrece un café.

―¿Quieres que te prepare un café? He dejado algo en la cafetera ―me pregunta encandilándome con su media sonrisa.
―Venga, hazme un cortado.

He vuelto a caer en sus redes.

Seca una de las tazas que acaba de dejar en el mármol y se dispone a llenármela de café.

―¡No! ―grito―. No quiero esa taza. Seguro que está mojada ―continúo, intentando suavizar mi tono.

Mi corazón vuelve a latir de manera descontrolada. No estoy dispuesto a beber de la misma taza que, probablemente, acaba de babosear aquel tipo. Agacho la mirada mientras observo como Ruth, queriendo evitar cualquier tipo de discusión, coge otra taza del armario y me sirve un chorro de café. Pasa por delante de mí, coge una botella de leche del frigorífico, acaba de llenar mi taza y le echa un par de cucharadas de azúcar.

Me lo bebo en dos tragos. Se acerca, me mira fijamente, me vuelve a sonreír y me besa.

―Eres un bobo ―dice con voz suave, sin apartarme la mirada y dirigiéndome sutilmente hacia el pasillo.

Estamos a pocos pasos de la habitación. La cojo por la cintura. Cruzamos el estrecho pasillo y la abrazo por la espalda hasta que entramos en ella. Allí, otro jarro de agua fría me vuelve a recordar que soy frágil. Me vengo abajo al ver que la cama está sin hacer y ambos lados están engurruñados. Se me anuda el estómago. Caemos sobre el colchón, yo encima de Ruth.

―¿Me quieres? ―pregunto, con mi cara a escasos centímetros de la suya.

Sin apenas mirarme a los ojos, me tapa la boca con sus dedos y obtengo un gemido placentero como respuesta.

Me seduce. Sobeteo la blusa de su pijama mientras me deslizo a los pies de la cama. Desnudo sus piernas, despojándola del pantalón y me dispongo a subir lentamente. Acaricio su piel con mis fuertes manos, cada vez con más fuerza. Beso ansioso sus pies, sus tobillos, haciendo recorrer mis labios, que pasan por sus rodillas hasta llegar a los muslos. Pierdo la cabeza entre sus depiladas ingles. Acaricio con mi nariz, seguida de mi boca, su cuidado vello. Mordiéndome los labios, juego de manera sensual con el contorno de su ombligo. Levanto su blusa y manoseo sus pechos, notando el erguir de sus pezones. Lamo su cuello, una y otra vez, haciendo que Ruth se retuerza de gusto sobre la cama. Sigo besándola mientras, disimuladamente, alargo mi brazo hasta llegar a la mesita de noche. No sin problemas, consigo alcanzarla. Ya la tengo.

Intento no hacer el menor ruido.

Cojo la maldita fotografía en la que aparecen, Ruth, su marido y los niños. La tumbo con cuidado sobre la mesita, bocabajo una vez más. Siento envidia, indignación, rabia. Vuelvo a sentir celos. Yergo mi mano izquierda hasta acariciar su entrepierna. Mientras juego con mis dedos para escuchar de nuevo sus gemidos, cada vez más persistentes. Susurro, amo y me excito.