… aún no tocaban las nueve cuando
llegué a casa. La noche recién acababa de caer. Todavía perturbado por lo que
había descubierto pocas horas antes, rebusqué entre los cajones del armario.
Estiré de aquella soga, que se escondía detrás de los calcetines, y la dejé caer
sobre la cama. Cogí la silla por el respaldo, arrastrándola hacia la puerta. Me
desnudé y me quedé en ropa interior. Tenía que acabar con todo aquello. No
hubiera podido soportarlo otro día más.
* * *
Desperté de la misma manera que
lo llevaba haciendo durante casi tres semanas. Fatigado y jadeante me puse en
pie. Arrastré mi cuerpo hasta el cuarto de baño. Y allí, como lo había hecho
día tras día, volvió a sorprenderme la delgadez del reflejo de mi rostro,
pálido y sucio, detrás de las salpicaduras del espejo. Acerqué mi cara, para
verme con más detalle. En estas semanas había perdido varios kilos, era
evidente ante la prominencia de mis huesudos pómulos. Las ojeras me llegaban a
los pies. Pasé mi mano por detrás de la oreja y al igual que las otras veces
mis yemas se tiñeron de negro. Un polvo oscuro cubría las partes más
inaccesibles de mi rostro. Mojé mi cara y me soné la nariz fuertemente. Una
mucosidad negra y viscosa quedó esparcida por todo el lavamanos. Me desprendí
de los calzoncillos y entré en la bañera para limpiarme de mugre y sudor. Las
gotas se oscurecían al tocar con mi pelo. Un barrizal de agua negra y turbia se
escurría por el desagüe a la vez que mis párpados notaban el deslizar del agua
por todo mi cuerpo. Sin apenas secarme, me vestí. Llamé a la oficina e informé
que me ausentaría por algunas horas.
―Me encuentro indispuesto ―creo
que dije al hablar con recepción.
Sin nada en el estómago salí de
casa. Tenía ansiedad por saber si mi plan había funcionado. Llegué al coche y
rápidamente conecté el navegador. Mi corazón comenzó a bombear con rapidez. El navegador
había grabado el recorrido que durante la noche mi cuerpo sonámbulo realizaba
sin mi consentimiento. Arranqué el motor y emprendí la marcha. El final del
recorrido estaba a unos veinte kilómetros. “¿Qué habrá allí dónde he pasado las
últimas noches?” ―me pregunté. Llevaba conduciendo varios minutos por la
autopista cuando la voz electrónica me indicó que tomara un desvío hacia
una carretera comarcal. Continué en ella hasta que, sorprendido, comprobé que
marcaba como punto de llegada el kilómetro dieciocho de la misma carretera por
la que estaba circulando. Cuando llegué, me detuve. Desconecté la radio. Allí
no había nada. Eché un vistazo y pude distinguir a pocos metros un camino sin
asfaltar que ascendía hacia las montañas. Entré la segunda marcha y continué,
serpenteando entre la arena de las curvas durante unos diez minutos. Seguí
aquel camino, con el único sonido del crujir de los neumáticos pisando la
tierra. Aparqué en un descampado, junto a un centenar de vehículos. Me apeé de
mi coche y comencé a caminar. A pocos metros se levantaban un par de gigantescas
excavadoras. Me fui acercando lentamente. Las piedras del entorno eran cada vez
más negras. Unos raíles oxidados se cruzaron en mi paso. Y sobre ellos, una
cadena de vagones con toneladas de lo que parecía ser carbón, circulaban sin
descanso. A la salida de un oscuro túnel, un grupo de hombres con los rostros
mugrientos y las cremalleras de los monos abiertas hasta la cintura, fumaban y
se echaban unas risas. Algunos llevaban cascos y linternas frontales. Otros en
cambio preferían descubrir la marca blanca de sus sudadas frentes. Uno de ellos
me miró. Su tez negra y sus cuencas blanquecinas, no me pasaron inadvertidas. Se
acercó y se desprendió de los guantes para darme la mano.
―¿Qué has olvidado, Moisés? ―dijo
entre risas.
―Nada ―contesté confuso ante el
saludo de aquel tipo desconocido.
Me miró extrañado ante mi escueta
respuesta. Sentí miedo a continuar con aquella conversación y, dejándolo allí parado,
continué con mi pesquisa dirigiéndome a unas casetas de obra, de donde advertí la
salida de varios hombres. Vi que alguno de ellos me levantaba cortésmente la
mano. Pero, sin devolverles el saludo, entré en una de aquellas casetas. Era un
vestuario repleto de antiguas taquillas y monos de trabajo azules. Fui mirando
una por una, leyendo los nombres allí escritos. Asombrosamente, el mío estaba entre
ellos, en una de aquellas taquillas. Moisés Siles, pude leer. Y un casco blanco
lleno de hollín con mis iniciales, eme,
punto, ese, punto, colocado encima
de aquella taquilla. Lo cogí y salí de aquel vestuario con la mente enturbiada.
De un zapatazo me desprendí de aquel roñoso casco, mandándolo lo más lejos que
pude. Y de una carrera llegué hasta el coche. Dejando atrás las confundidas miradas
de aquellos obreros, arranqué a toda prisa y salí de aquella mina de carbón, en
la que al parecer había estado trabajando noche tras noche, dejando mis ruedas
marcadas en la grava.
Llegué a la oficina, pasadas las dos
de la tarde.
―Hace usted mala cara, Siles. Si
no se encuentra bien, márchese a casa ―no se cansó de repetir mi jefe.
―Tranquilo Don Anselmo, estoy
bien, gracias.
Pero no, no estaba bien. Tenía la
camisa empapada y me sentía muy cansado. Dediqué lo que quedaba de tarde para encontrar
la manera de acabar con aquella paranoia que iba a acabar con mi vida. Miré mis
uñas, todavía conservaban el contorno negro del carbón. Ahora ya sabía qué
demonios era aquel polvo negro. Cuando el reloj marcó las ocho en punto,
permanecí sentado.
―Descuide Don Anselmo, enseguida
me marcho ―respondí ante la insistencia de mi jefe, mientras fingía ordenar
unos pocos expedientes.
La oficina quedó vacía en menos
de diez minutos. Yo continuaba en mi mesa. Pensativo. Pasados veinte minutos,
me levanté. Estaba decidido a hacerlo.
En poco menos de media hora
llegué a casa. Pasé por delante del espejo del baño. La viva imagen de un
cadáver me correspondió con la mirada. Exhausto, entré en mi dormitorio,
encendí la luz de la mesita e introduje mis manos, con pocas fuerzas pero con
decisión, en el fondo de los cajones. La pude tocar. Una soga áspera, de poco
más de un metro de largo. Estiré de ella, la observé y la dejé sobre la cama. Saqué
la ropa que había sobre la silla y cogiendo esta última por el respaldo la
arrastré, haciéndola chirriar contra el parqué, hasta acercarla a la puerta. Me
desvestí lentamente, con ganas de terminar con aquel sinvivir de una vez por
todas. Dejé camisa y pantalones sobre el tocador. Acomodé los zapatos a los pies
de la cama. Alcancé el despertador y me aseguré de que sus manecillas continuaran
marcando las siete. Estaba todo preparado para terminar con aquel sufrimiento.
Me dispuse a acabar con aquella pesadilla intentando no descuidar ningún
detalle. Encajé el respaldo de la silla justo debajo del pomo, de manera que la
puerta quedara bien atrancada. Comprobé, tirando de él, que hubiera quedado bien obstruida. Cogí la
soga, hice una primera lazada pasándola por detrás del cabecero de la cama. Me tumbé
en el colchón y, con una sola mano, hice un segundo nudo que apretaba con
fuerza mi muñeca izquierda. Realicé un tercer nudo, en mi afán de permanecer bien
sujeto. Tiré fuertemente de aquella soga, haciendo retumbar el cabecero contra la
pared. Estaba bien atado. Apagué la luz de la mesita. Permanecí un buen rato
mirando las sombras que las farolas de la calle trazaban en el techo. Hasta que
el agotamiento cerró, por fin, mis pupilas dilatadas.
Qué bueno es! Hasta el último momento, parece que en vez de atarse a la cama se fuera a colgar jajaja
ResponderEliminar¡Equilicuá Isaac!
ResponderEliminarMuy contento con el resultado del texto. Si fuese editor, ya hubiera dicho la famosa frase: "¡Que paran las rotativas!" y mañana sería primera plana de los mejores periódicos...
¡Enhorabuena! (Lo demás ya lo sabes)
Me has mantenido en vilo hasta el final. Muy bueno.
ResponderEliminarTengo que darte la razón: una habitación con una silla y una cuerda también puede sorprender. Pero después del genial giro que le das a la escena... Yo me quedo con las ganas de saber qué habría pasado en aquella sala de espera con luces de neón :P
Sigue escribiendo así.
Un saludo!
Buscar algo que te agarre a la realidad...es una forma de escapar..¡¡
ResponderEliminarYo lo que he interpretado es que prepara el suicidio para su segundo yo, el que trabaja en la mina de carbón. Lo deja todo listo para que cuando se levante sea "él" el que lo haga.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho. Buen relato. Enhorabuena!
Genial,de verdad. Y muy logrado el uso de "soga" en lugar de "cuerda",le das pie a ke todos nos imaginemos otro final. Gracias y un fuerte abrazo!!
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