jueves, 31 de mayo de 2012

Paranoia


… aún no tocaban las nueve cuando llegué a casa. La noche recién acababa de caer. Todavía perturbado por lo que había descubierto pocas horas antes, rebusqué entre los cajones del armario. Estiré de aquella soga, que se escondía detrás de los calcetines, y la dejé caer sobre la cama. Cogí la silla por el respaldo, arrastrándola hacia la puerta. Me desnudé y me quedé en ropa interior. Tenía que acabar con todo aquello. No hubiera podido soportarlo otro día más.

*     *     *

Desperté de la misma manera que lo llevaba haciendo durante casi tres semanas. Fatigado y jadeante me puse en pie. Arrastré mi cuerpo hasta el cuarto de baño. Y allí, como lo había hecho día tras día, volvió a sorprenderme la delgadez del reflejo de mi rostro, pálido y sucio, detrás de las salpicaduras del espejo. Acerqué mi cara, para verme con más detalle. En estas semanas había perdido varios kilos, era evidente ante la prominencia de mis huesudos pómulos. Las ojeras me llegaban a los pies. Pasé mi mano por detrás de la oreja y al igual que las otras veces mis yemas se tiñeron de negro. Un polvo oscuro cubría las partes más inaccesibles de mi rostro. Mojé mi cara y me soné la nariz fuertemente. Una mucosidad negra y viscosa quedó esparcida por todo el lavamanos. Me desprendí de los calzoncillos y entré en la bañera para limpiarme de mugre y sudor. Las gotas se oscurecían al tocar con mi pelo. Un barrizal de agua negra y turbia se escurría por el desagüe a la vez que mis párpados notaban el deslizar del agua por todo mi cuerpo. Sin apenas secarme, me vestí. Llamé a la oficina e informé que me ausentaría por algunas horas.

―Me encuentro indispuesto ―creo que dije al hablar con recepción.

Sin nada en el estómago salí de casa. Tenía ansiedad por saber si mi plan había funcionado. Llegué al coche y rápidamente conecté el navegador. Mi corazón comenzó a bombear con rapidez. El navegador había grabado el recorrido que durante la noche mi cuerpo sonámbulo realizaba sin mi consentimiento. Arranqué el motor y emprendí la marcha. El final del recorrido estaba a unos veinte kilómetros. “¿Qué habrá allí dónde he pasado las últimas noches?” ―me pregunté. Llevaba conduciendo varios minutos por la autopista cuando la voz electrónica me indicó que tomara un desvío hacia una carretera comarcal. Continué en ella hasta que, sorprendido, comprobé que marcaba como punto de llegada el kilómetro dieciocho de la misma carretera por la que estaba circulando. Cuando llegué, me detuve. Desconecté la radio. Allí no había nada. Eché un vistazo y pude distinguir a pocos metros un camino sin asfaltar que ascendía hacia las montañas. Entré la segunda marcha y continué, serpenteando entre la arena de las curvas durante unos diez minutos. Seguí aquel camino, con el único sonido del crujir de los neumáticos pisando la tierra. Aparqué en un descampado, junto a un centenar de vehículos. Me apeé de mi coche y comencé a caminar. A pocos metros se levantaban un par de gigantescas excavadoras. Me fui acercando lentamente. Las piedras del entorno eran cada vez más negras. Unos raíles oxidados se cruzaron en mi paso. Y sobre ellos, una cadena de vagones con toneladas de lo que parecía ser carbón, circulaban sin descanso. A la salida de un oscuro túnel, un grupo de hombres con los rostros mugrientos y las cremalleras de los monos abiertas hasta la cintura, fumaban y se echaban unas risas. Algunos llevaban cascos y linternas frontales. Otros en cambio preferían descubrir la marca blanca de sus sudadas frentes. Uno de ellos me miró. Su tez negra y sus cuencas blanquecinas, no me pasaron inadvertidas. Se acercó y se desprendió de los guantes para darme la mano.

―¿Qué has olvidado, Moisés? ―dijo entre risas.
―Nada ―contesté confuso ante el saludo de aquel tipo desconocido.

Me miró extrañado ante mi escueta respuesta. Sentí miedo a continuar con aquella conversación y, dejándolo allí parado, continué con mi pesquisa dirigiéndome a unas casetas de obra, de donde advertí la salida de varios hombres. Vi que alguno de ellos me levantaba cortésmente la mano. Pero, sin devolverles el saludo, entré en una de aquellas casetas. Era un vestuario repleto de antiguas taquillas y monos de trabajo azules. Fui mirando una por una, leyendo los nombres allí escritos. Asombrosamente, el mío estaba entre ellos, en una de aquellas taquillas. Moisés Siles, pude leer. Y un casco blanco lleno de hollín con mis iniciales, eme, punto, ese, punto, colocado encima de aquella taquilla. Lo cogí y salí de aquel vestuario con la mente enturbiada. De un zapatazo me desprendí de aquel roñoso casco, mandándolo lo más lejos que pude. Y de una carrera llegué hasta el coche. Dejando atrás las confundidas miradas de aquellos obreros, arranqué a toda prisa y salí de aquella mina de carbón, en la que al parecer había estado trabajando noche tras noche, dejando mis ruedas marcadas en la grava.

Llegué a la oficina, pasadas las dos de la tarde.

―Hace usted mala cara, Siles. Si no se encuentra bien, márchese a casa ―no se cansó de repetir mi jefe.
―Tranquilo Don Anselmo, estoy bien, gracias.

Pero no, no estaba bien. Tenía la camisa empapada y me sentía muy cansado. Dediqué lo que quedaba de tarde para encontrar la manera de acabar con aquella paranoia que iba a acabar con mi vida. Miré mis uñas, todavía conservaban el contorno negro del carbón. Ahora ya sabía qué demonios era aquel polvo negro. Cuando el reloj marcó las ocho en punto, permanecí sentado.

―Descuide Don Anselmo, enseguida me marcho ―respondí ante la insistencia de mi jefe, mientras fingía ordenar unos pocos expedientes.

La oficina quedó vacía en menos de diez minutos. Yo continuaba en mi mesa. Pensativo. Pasados veinte minutos, me levanté. Estaba decidido a hacerlo.

En poco menos de media hora llegué a casa. Pasé por delante del espejo del baño. La viva imagen de un cadáver me correspondió con la mirada. Exhausto, entré en mi dormitorio, encendí la luz de la mesita e introduje mis manos, con pocas fuerzas pero con decisión, en el fondo de los cajones. La pude tocar. Una soga áspera, de poco más de un metro de largo. Estiré de ella, la observé y la dejé sobre la cama. Saqué la ropa que había sobre la silla y cogiendo esta última por el respaldo la arrastré, haciéndola chirriar contra el parqué, hasta acercarla a la puerta. Me desvestí lentamente, con ganas de terminar con aquel sinvivir de una vez por todas. Dejé camisa y pantalones sobre el tocador. Acomodé los zapatos a los pies de la cama. Alcancé el despertador y me aseguré de que sus manecillas continuaran marcando las siete. Estaba todo preparado para terminar con aquel sufrimiento. Me dispuse a acabar con aquella pesadilla intentando no descuidar ningún detalle. Encajé el respaldo de la silla justo debajo del pomo, de manera que la puerta quedara bien atrancada. Comprobé, tirando de él,  que hubiera quedado bien obstruida. Cogí la soga, hice una primera lazada pasándola por detrás del cabecero de la cama. Me tumbé en el colchón y, con una sola mano, hice un segundo nudo que apretaba con fuerza mi muñeca izquierda. Realicé un tercer nudo, en mi afán de permanecer bien sujeto. Tiré fuertemente de aquella soga, haciendo retumbar el cabecero contra la pared. Estaba bien atado. Apagué la luz de la mesita. Permanecí un buen rato mirando las sombras que las farolas de la calle trazaban en el techo. Hasta que el agotamiento cerró, por fin, mis pupilas dilatadas. 

6 comentarios:

  1. Qué bueno es! Hasta el último momento, parece que en vez de atarse a la cama se fuera a colgar jajaja

    ResponderEliminar
  2. ¡Equilicuá Isaac!
    Muy contento con el resultado del texto. Si fuese editor, ya hubiera dicho la famosa frase: "¡Que paran las rotativas!" y mañana sería primera plana de los mejores periódicos...

    ¡Enhorabuena! (Lo demás ya lo sabes)

    ResponderEliminar
  3. Me has mantenido en vilo hasta el final. Muy bueno.

    Tengo que darte la razón: una habitación con una silla y una cuerda también puede sorprender. Pero después del genial giro que le das a la escena... Yo me quedo con las ganas de saber qué habría pasado en aquella sala de espera con luces de neón :P

    Sigue escribiendo así.

    Un saludo!

    ResponderEliminar
  4. Buscar algo que te agarre a la realidad...es una forma de escapar..¡¡

    ResponderEliminar
  5. Yo lo que he interpretado es que prepara el suicidio para su segundo yo, el que trabaja en la mina de carbón. Lo deja todo listo para que cuando se levante sea "él" el que lo haga.

    Me ha gustado mucho. Buen relato. Enhorabuena!

    ResponderEliminar
  6. Genial,de verdad. Y muy logrado el uso de "soga" en lugar de "cuerda",le das pie a ke todos nos imaginemos otro final. Gracias y un fuerte abrazo!!

    ResponderEliminar